Mira que envejecer ahora con lo emocionante que está todo

Ser una persona mayor es un término comparativo, hoy eres mayor que ayer, pero menos que mañana, eres mayor que, pero menor que, etc, (el que no se consuela es porque no quiere). Ser viejo es tener cristalizado el pensamiento. Estar obsoleto, como la tecnología. Yo soy una persona mayor, pero creo que no soy una vieja. Por eso se dice a veces que la vejez no es una cuestión de edad, y es un tópico cierto. Puedes tener la mente cristalizada en cualquier momento de una vida. Si tienes mas o menos mi edad, y miras una foto de los 70 y te parece que estás guapo con unos pantalones campana y una camisa hawaiana, estás viejo, absolutamente cristalizado. Si has pasado de los 60 y vas de hippy, también. Si sigues gritando en las manifestaciones “¡no pasarán!”, lo mismo. Ser mayor crea unas situaciones raras. Tú tienes tu mente, la que siempre has tenido, piensas, razonas, lees, opinas, te ríes, te enfadas…en fin, haces lo que siempre has hecho. Caminas por la calle y la sombra te devuelve una silueta mas o menos como siempre tuviste. Y de pronto, entras en el cuarto de baño o en una habitación con espejo, y ves a tu madre o a tu abuela. Impresiona. Yo me creo que soy yo, y cuando me miro al espejo, me llevo cada susto…Comprendo que la reina Isabel mandase retirar todos los espejos de Windsor en los últimos años de su vida. Yo tentaciones tengo de hacer lo mismo. Estás cristalizado cuando das la vara a los jóvenes con frases que empiezan “yo a tu edad”…no lo aguanto, esa manía de dar lecciones como si estuvieses en el secreto del mayor de los arcanos. ¿Y los que «defienden sus ideas de toda la vida»? ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que una vida no te haya enseñado nada y ya supieses dónde estaban el bien y el mal en el punto de partida?. A mi me educaron como católica y dejé de serlo, fui votante y militante del PSOE y ya no lo soy, leí “El País” todas las mañanas y ahora sólo lo miro de vez en cuando para comprobar las noticias que no da, etc, etc. Escucho las cantinelas «de toda la vida» y me recuerdan esos peces metidos en una pecera con ojos globosos y fijos abriendo mecánica y acompasadamente la boca para soltar las consignas de siempre. Para no fosilizarse hay que irse desprendiendo de prejuicios, de esquemas mentales, poco a poco, leyendo, discutiendo, sobre todo es fundamental no leer ni discutir con los que piensan como tú, porque entonces no adelantas nada. Para mí fue fundamental saber qué pensaban “los otros”, empezar a leer a escritores “malditos”, que me llevaron a otros y otros. El primer libro que fue para mí un aldabonazo fue «Madrid de corte a checa» de Agustín de Foxá, libro absolutamente prohibido por la Inquisición Progresista(los prohibidos por la otra ya me los había leído). Leer realmente es una cosa extraordinaria de la que no nos damos cuenta. Fíjate la cantidad de gente que nunca conocerías en una vida normal, y sabes lo que piensan gracias a los libros, y eso que piensan te influye siempre, de una manera o de otra. Yo he sido siempre una gran lectora. De niña me subía a la cámara de mi casa y en unas cajas grandes estaban guardados periódicos de la segunda guerra mundial y yo los leía. A los siete años leí El Quijote sin que nadie me lo mandase, mientras merendaba un bocadillo de caballas con tomate, y recuerdo que me reía mucho. En un año en que en Lisboa no quise ir al comedor escolar por cuestiones de principio, me iba al restaurante de al lado y mientras comía me leí los dos tomos de «Los heterodoxos españoles» de Menéndez Pelayo. En mi último trabajo en Luxemburgo, iba todos los días a la Embajada a través del parque que unía mi barrio con el de Limpertsberg leyendo al caminar. Ahí me devoré todas las biografías de Gislaine de Bloom que encontré en Bélgica, por ejemplo. Yo tengo esta historia porque soy mayor, claro, y mira que siento no haber tenido la oportunidad de formarme con «una perspectiva de género a la vez que desarrollando la resiliencia y una actitud proactiva» como van a enseñar ahora en las escuelas. Eso me quita muchos puntos y me da mucha envidia de lo bien que se van a formar las nuevas generaciones. Me da una rabia estar ya jubilada y no poder ir a compartir con compañeros y alumnos el inmenso campo emocional que se abre ahora por primera vez…¡Jolines!.Bueno, pero como no estoy vieja del todo, seguro que consigo vivir paralelamente este emocionante momento escolar de la historia nacional que se avecina. Otra de las cosas que es nueva en la edad mayor es la mirada sobre las cosas que haces. Vas a plantar una noguera y te dices que no la verás cuando sea grande, miro a mi perra y me pregunto cual de las dos se morirá antes, y cosas así que antes no pensabas. Vas a comprar ropa y te preguntas para qué, miras tu biblioteca, tus papeles, tu armario, tu mesa de trabajo y piensas cuánto de ello irá a la basura cuando la palmes. La cortedad del tiempo que te queda se hace patente en casi todo lo que emprendes, lo cual no impide que lo emprendas con entusiasmo. Siempre, cuando me iba de viaje y volvía a España, encontraba al tendero, el del bar, el del supermercado, etc en el sitio en que los había dejado al irme y pensaba que qué triste estar siempre en el mismo sitio (hay gente a quien no le importa, yo es que he sido muy viajera). Bueno, pues ahora me toca a mí quedarme en el sitio…Y no lo llevo bien, querría viajar, es lo que más echo de menos. Trasunto de ese anhelo debe ser una cosa que me pasa ahora por primera vez: de repente, se representan en mi mente con toda nitidez y sin previo aviso, lugares de ciudades donde he vivido. De repente, me aparece un parking, un supermercado, un paseo, una avenida, un jardín, una tienda de ropas, calles enteras…Sobre todo de Sao Paulo y de Luxemburgo. Paseo por la avenida Paulista, voy al MASP, bajo luego la calle Pamplona, voy a una cafetería de la Batataes, entro en la librería Cultura, paseo por Ibirapuera, voy a la Plaza de la República, al mercado de frutas…en Luxemburgo subo la Alberto I y voy al café, pido un café con leche con un croissant de mantequilla calentito y crujiente, me bajo al Grund, voy por la Felipe II hasta Limpertsberg…Estrasburgo también lo recorro mucho, algo de París y Burdeos, pero menos. Lo que no me viene casi nunca es Lisboa. De Lisboa me fui sin añoranza, debe ser por eso. Siempre pensé que la personalidad de alguien es como una cebolla, en que las diversas etapas de la vida van añadiendo capas a un núcleo fundamental. Eres lo que eres, y luego eres estudiante de, madre de, hija de, tu profesión te lleva por países y cada uno es una capa más de experiencia…y ahora te das cuenta de que no vas a añadir más capas. Ça y est, ya está tu persona acabada, ahora solo estás en un periodo de prórroga que hay que administrar lo mejor posible. Y sobre todo con humor, el humor es fundamental para vencer a la melancolía. Es impensable que desperdicies los últimos años que te quedan en estar cabreado, ni contigo mismo ni con el mundo. La vida ha sido demasiado estupenda como para cagarla en el final.