Adversus corruptum mariscum

A mí el marisco me estresa, lo reconozco. Tal vez porque no he tenido contacto con tal manjar en mi infancia de niña de pueblo del interior de Castilla. Y no es que no tuviéramos pescado: todas las tardes, a eso de las siete, llegaba “el camión del pescao”, que nos venía justo a tiempo para preparar la cena, repleto de sardinas, merluzas, pescadillas, japutas, brecas, salmonetes, carne de ballena…Pero de marisco sólo llegaban chirlas y almejas, que usábamos para la paella o la sopa de pescado. Venía el pescado en grandes banastas tapizadas de helechos y rodeadas de hielo directamente de los mercados de Madrid, pero nuestras economías no daban para el marisco, cuando había una fiesta o un cumpleaños, matábamos un cordero o comprábamos ternera como cosa extraordinaria. Yo creo que el marisco lo trajeron las bodas, fíjate. Se fue extendiendo poco a poco la costumbre de celebrar las bodas en los hoteles de la ciudad, y allí te ponían “cóctel de marisco”, una copa con tiritas de lechuga en el fondo y unos langostinos pelados envueltos en salsa rosa. Al principio eso era el colmo de la sofisticación. Luego, nos fuimos acostumbrando y encontrándolo normal y lo incorporamos a nuestras celebraciones familiares. Pero a mí me estresa que saquen una fuente de langostinos a la mesa. Tienes que decidir si te los vas a ir comiendo según los pelas, o si coges un puñao y ya los pelas en tu plato. Si vas de uno en uno, tardas una eternidad, cuando has saboreado uno te apetece seguir, pero tienes que parar para pelar otro, con el grave riesgo de que el resto de comensales se den mas prisa y te quedes a dos velas, por lo que, discretamente, echas ojeadas escrutadoras a la velocidad predatoria del vecino. Si has cogido un montón y no empiezas hasta tenerlos todos pelados, se te hace eterno hasta que puedes empezar, y te cansa igual. Y luego está el pelarlos en sí. Con los bivalvos, claro, es sólo abrir las conchas, pero los crustáceos son una lata: te hartas de quitar patitas y caparazón y finalmente, te enfrentas a la cabeza que al separarse del cuerpo, suele lanzarte un salpicón de líquido rosa que te va directo a la camisa blanca y te pone perdida la pechera. Además, está el olor tan característico…Y el tacto: te pones las manos pegajosas, pringosas, y, o te vienen con la cursilada del cuenco de agua con limón, o te pasas ya el resto de la comida frotándote con las servilletas intentando librarte de la mugre marisquera. Para no hablar del instrumental más propio de una ferretería que necesitan algunos: pinzas, martillos, golpes…acaba pareciendo la mesa más sucursal de fragua que banquete familiar. Y a esas circunstancias tan materiales, se une ahora la consideración moral de las acciones en que el marisco se ve envuelto: no hay corrupto de poca monta que no invite a marisco. Nos enteramos cuando empezó a destaparse el pufo de la Psoe andaluza de los ERES, y desde entonces la cosa no ha parado: corrupción-putas-cocaina-marisco es ya un cuarteto inseparable, tan español como la paella o la tortilla de patatas, del que el inefable Tito Berni acaba de darnos nueva prueba, o, prescindiendo de las putas y la coca, el cariacontecido árbitro Negreira, el funcionario del Barcelona Club de Fútbol, que pagaba mariscadas de 2.000 euros (no se si tan elevada suma se debía a que invitaba a muchos árbitros a poco marisco o a pocos árbitros a mucho marisco, eso no lo he investigado…). Pero en el fondo a mí estos corruptillos de tres al cuarto, que se ven obligados a invitar a marisco, me producen cierta ternura, visualizo su infancia de niños sin langostinos y los veo de adultos horadando poco a poco como los topillos en la tierra de mi huerto para hacerse un huequecillo de nuevo rico, y me dan hasta pena. Son el lumpen de la corrupción. Como en todo, hay clases. Está también la que crea empresas para llevarse los dineros públicos como (supuestamente) ha hecho el marido de la directora de la Guardia Civil sin tener que invitar a nadie, directamente de la subvención a mi cuenta. A mí eso me produce más rechazo que el árbitro Negreira, que, mientras dirigía la Asociación de árbitros y “recibía” del Barcelona, cobraba 1.200 euros de pensión por invalidez permanente debida a demencia. (Traumatismo craneoencefálico con secuelas de trastorno orgánico de la personalidad). Eso requiere una creatividad de persona castigada por el destino, sin duda, que despierta sentimientos de piedad caritativa. O cuando se desgravaba en Hacienda los regalos que hacía a los árbitros, con cosas tan variopintos como jamones, llaveros o sombrillas de playa…(que digo yo que sería por categorías deportivas: en primera división, el jamón, en segunda, la sombrilla de playa, y en regional, el llavero). Pero no nos desviemos : invitar a marisco es en estos momentos una ordinariez y una vulgaridad. Y como muestra de lo que alguien de clase que se precie debe poner en su mesa, adjunto el menú que degustó nuestro mundo intelectual la noche de la Gala de los Goyas. Desoyendo al anticárnico Garzón, la alta clase social de nuestra progresía, es capaz de atreverse con el rabo de toro (mientras predica sin empacho contra todo lo taurino…) acompañado de jamón ibérico, paté de perdiz, pollo, empanada de lomo, flauta de morcilla…para no hablar del pescado. Tenemos que llegar al final de la lista para descubrir a un solitario “langostino con hierbabuena” que seguro que viene ya pelado y que sin duda será prontamente eliminado de la carta dejándola libre de toda sospecha malpensada. ¡Tomando nota!